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Un caso de Rabia.

Tengo 31 años. Cuando empecé el servicio social tenía 23 años y una decepción amorosa, mi relación de muchos años había terminado. Eso fue el 50% de la decisión para irme a Yucatán al servicio social. El otro 50% es que quería ver un caso de rabia. Yo sabía que no había registro reciente de un caso de rabia en Yucatán pero yo sabía que iba a ver uno. Había una película de eso. Un embrujo. Al Burro le da rabia. 

Gracias a mi promedio alcancé la mejor plaza disponible aunque en retrospectiva había mejores plazas para lo que quería. Elegí Telchac Puerto. Tal vez una plaza en el interior de Yucatán hubiera sido mejor alternativa pero yo quería un puerto. El placer de vivir en un puerto. Más tarde descubrí que mientras mis compañeros del interior de Yucatán comían armadillo pibil y venado, yo comía tortas de asada y ceviche. Pero era lo de menos, en el puerto es más probable que haya un perro rabioso. Eso me decía. 

El primer día mi servicio fue día de comunidad, fue un miércoles y con el calorón fuimos a revisar embarazas. A dos, tal vez tres casas de la clínica estaba una embarazada con tos crónica, los pasantes previos le dieron jarabe para la tos y no mejoró. Se me ocurrió pedirle una radiografía y según yo con mis grandes habilidades de diagnóstico (según yo), vi una caverna que nadie mas veía, el esposo me reclamó varias veces porque ningún médico veía nada, pero en ese tiempo en lugar de dudar defendí mi postura con la inocencia de la inexperiencia. 

La paciente no había ganado peso y a veces tosía con estrías de sangre. Yo tenía que defender esa postura: solicité una prueba de esputo, mi zonal (el que coordinaba la zona 5 hizo caso). Me pidió que tomara la muestra y la llevara a Izamal, mi hospital de referencia. Me hicieron hacer la tinción y vi los bacilos. Era un miércoles. Regresé y unas horas después el esposo fue a tocar a la clínica, abrí. Me dijo que fue con un neumólogo que le dijo que efectivamente tenía una caverna en el ápice izquierdo, le informe el hallazgo. 

Nos toco reportar el caso, darle seguimiento, supervisar la toma de medicamentos y además nos supervisaban la actualización del expediente. Todo salió bien y la bebe recibió tratamiento. 

Otro día nos llegó un ojo hinchado con picaduras en la cara, interrogamos por la famosa "pic", la chinche besucona. En el HGM, en banco de sangre las tenían en una caja de Petri, siempre que iba a autorizar disponibilidad de concentrados eritrocitarios las veía. Estaba frente a un signo de Romaña, pero le perdimos el rastro a la paciente. 

Otro día nos llegó una mordida de huolpoch, directo a Progreso. En Yucatán, Progreso y Valladolid tiene grandes centros con antídotos por los animales venenosos que existen. 

Mi expareja también fue a Yucatán, allá nos encontramos. Ella en Maxcanú a 100 Km, mas o menos, de Telchac puerto. Esto no era casual, en nuestro primer año, uno de los maestros más importantes de mi vida, el doctor Fernando Suarez Cervantes nos hablaba de las maravillas de Yucatán y nosotros soñábamos con hacer nuestro servicio allá. En esos 100 Km que hacíamos para vernos no había ningún perro rabioso. Tampoco vi un jaguar. 

En Maxcanú conocimos a Marisol, una aventurera de corazón. Nos llevo a las grutas de Calcetok de noche, cuando le contamos a quien le rentaba en Maxcanú no s dijo que era muy peligroso de noche porque ahí si había jaguares. Pero no importaba. Conocí a los murciélagos, uno de mis animales favoritos por la rabia. Pase más noches de las que me gustaría admitir leyendo sobre murciélagos y donde encontrarlos, fui a algunos de los municipios donde había registro de vampiros y nada de nada. Recorrí muchos lugares en Yucatán con Marisol y el resto del grupo. Cenotes, playas, ruinas. Nada de perros rabiosos ni de jaguares ni de vampiros. 

Conseguí mi libro favorito de ese tiempo: La guerra de las casas de Nelson Reed. Descubrí que los mayas utilizaron la guerra bacteriológica cuando contaminaban los cenotes de cólera. Con cada página sentía que conocía más y más los secretos de Yucatán, por que en sus secretos estaba ese perro rabioso que había mordido a un niño o tal vez un adulto. Allá debería estar. 

Otro día me adentré en el monte sin saber nada. Llevaba un short, unas botas como para senderismo y la bendición de dios y ¿por qué no? de la estrella Sirio. Al adentrarme al monte de Maxcanú, había muchas cruces y veladoras, en cada piedra, en cada desvío. Cuando estuve más adentro poco a poco los ruidos disminuyeron, solo se escuchaba el aire, ya no se escuchaban insectos, la vereda ya solo tenía hierba alta. Me invadió un miedo primordial y regresé. Después me enteré que es costumbre pedir permiso a los Aluxes, los espíritus del bosque, por decirlo de alguna manera para que te protejan en el camino. 

Naturalmente me obsesionó. Leí de Maxcanú y de la gran bruja con sus lechuzas, creí buena idea buscar la mentada cabaña en medio del monte, perdida y saqueada pero desistí muy pronto. Una noche, en mi descanso, mi novia de ese tiempo estaba de guardia en el hospital de Maxcanú. Yo estaba leyendo y sin prestar mucha atención los ruidos insectoides fueron disminuyendo y una melodía empezó a sonar muy cerca, era algo agradable que no había escuchado, un sonido familiar. Luego los perros, no dejaban de ladrar pero la lectura era buena. Los ladridos, la melodía. Los ladridos, el canto de un pájaro, la lectura. Los ladridos, ¿el cantó de un pájaro? ¿qué pájaro canta de noche?

La lechuza canta de noche. Sucedió dos veces. Ambas ocasiones sucedió lo mismo. En ambas ocasiones alguien de mi puerto murió. No volví a escuchar la lechuza y nadie murió. El primero fue un gran amigo. Los puertos suelen tener problemas de alcohol y drogas. Un borracho choco contra la moto de un amigo mío, pescador, le amputó la pierna y murió. Lloré por mi amigo, lloré por estas lejos de mi familia. Lloré mucho. El segundo un joven poco mas grande que yo, se suicidó. 

En Yucatán muchos jovenes se suicidan, se cuelgan del hamaquero. Lo curioso es que a diferencia de lo que conocemos por colgarse, en Yucatán, en algunos casos la persona puede simplemente levantarse para no asfixiarse. Los mayas tenían una diosa del suicidio, o eso decía Gerardo, mi compañero del servicio. Hasta estaban estudiando un gen, o algo así decía. 

Yucatán es el paraíso de la genética, tienen un pueblo con un lenguaje de señas propio. El hermano de Gerardo tenía síndrome de Noonan. La endogamia es involuntaria, dos personas con el mismo apellido de pueblos cercanos solían tener hijos y resultaban primos, es común. Atendí a Marie France Labreq, una socióloga que dedicó parte de sus años a aprenden de Lepan, un lugar que yo había visitado una o dos semanas antes de conocerla. Hablamos mucho de Lepan y lo que ella encontró. 

Me dijo que en Lepan a pesar de ser pocas familias había como 10 religiones diferentes. Me dijo que la dinámica familiar era que el hombre era borracho (Yucatán es de los estados mexicanos con mayor consumo de alcohol) pero apoyaba el hogar. Cuando fue bien visto que las mujeres trabajaran, los hombres se volvieron más alcohólicos y las mujeres también. 

En fin, conocí parte de Quintana Roo. Viaje, aprendí y busque. Tere mi enfermera me enseñó a sentir cuando alguien iba a morir. Estuve hipervigilante, tuve insomnio. Me harté de tanta playa, pero no de las vistas, de los amaneceres, de los atardeceres, de la pesca con hilo con los pescadores, me harté de tantos cenotes pero no de sus aguas, de sus misterios, de sus estructuras. Mi amigo Saul, a quien ocasionalmente veo todavía fue un pilar en mi estancia en Yucatán. El año del servicio se estaba acabando. Ni rastro del mentado perro rabioso que mordió a alguien. 

Pero un día, por ahí de principios de agosto llego el gran día, el momento, el día que quería y no quería que llegara, ese día de mi súplicas para que terminara y no terminara pero finalmente mi servicio terminó. 

Que rabia no haber visto ningún caso de rabia. 

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