Hoy un vecino, amigo y paciente esta muriendo. Vive a dos casa de la mía. Lo conozco desde que yo era bebé. Recuerdo que me iba a recoger del preescolar juntos con sus hijos cuando mi mama no podía. De adolescente no supe mucho de él. De adulto me ha ayudado en detalles mecánicos del coche. Es un gran amigo de mi mamá. Fue chofer de microbús y taxista, por eso sabe de coches. Infancia dura y vida alegre. El último sobreviviente del escuadrón de la muerte de la colonia.
Fue mi paciente desde que empecé en medicina, le tomaba la glucosa y la presión. Después, cuando fui médico general, le daba consejería acerca de su diabetes e hipertensión. Ahora, de geriatra el abordaje fue diferente. El tiene 66 años. Lo vi en junio o julio de 2025. Desde principios de años se fue a otra ciudad, su ciclo de vida en la ciudad había terminado: sus hijos ya trabajan y quedaba una vida por vivir, recorrer los pueblos con su esposa. Recuerdo la felicidad y tristeza de mi madre cuando su último amigo se fue. Los demás han muerto o se han ido también. Sus días transcurrían entre ver el amanecer y el atardecer, alimentar palomas, cuidar a su perro y los perros callejeros, disfrutar del silencio, de la libertad y el espacio. Por fin tenían una casa entera para ellos, para su vejez. A veces tenía indigestión pero siempre lo consideró normal. Siempre fue de buen diente, era normal que pasara de vez en cuando, llevaba un par de años así, según recuerda.
Siempre fue normal hasta ese junio o julio de 2025. El dolor se intensificó, un dolor transflictivo, a veces lo confundía con una lumbalgia o como el le decía: dolor de riñón. Resultaba curioso su manera de narrar: -"Cuando me aplico la insulina en la panza me duele la boca del estomago, por eso ya no me la aplico ahí, mejor el brazo pero ya estoy harto. En el seguro me dicen que voy bien...". Sonreía. Desde que era estudiante de medicina, nunca estaba controlado. La vida iba mejorando: control de la glucosa y la presión, casa de esposos que ya criaron a los hijos, el alma y la barriga estaban llenas. Lo demás, era lo de menos. Excepto esa molestia.
Correspondí como es debido. Solo destacaba la maniobra de Schindler, que era positiva, nada fue de lo común. Tal vez había palpado el estómago, pero no estaba seguro. El resto normal. Pero había cosas que no cuadraban: el aliento era pútrido, una vez vomitó comida de hace 2 o 3 días. El retraso en el vaciamiento gástrico, era evidente. ¿La causa?. Pensé. Desde entonces, siguió la dieta. Solo había que buscar la causa y siempre estaba la causa maligna como probabilidad, aunque en ese momento solo era una vieja conocida que miras de reojo, por si acaso. No respondió al tratamiento y decidí no esperar más, en dos o tres semanas empeoró, la pérdida de peso se acentuó, la intolerancia a los alimentos empeoró. Ahora recuerdo que el alimento vomitó fue una torta. Habló con mucha nostalgia de esa torta, el último alimento que comió con verdadero gusto. Todo sigue su curso hasta que ya no y así es la vida, un día será el último día que hagas eso que amas, esos placeres cotidianos que ni siquiera reconocemos como placeres, no se volverán a hacer.
Volví a proceder como es debido y los convencí del gasto de una tomografía de abdomen. La endoscopía costó un poco más de trabajo, principalmente por las razones económicas. Expliqué mis preocupaciones. A veces como clínico uno aprende a escuchar las corazonadas. La tomografía reportó engrosamiento gástrico del 75% en el píloro. Se justificó el gasto de la endoscopía, aunque 12, 500 pesos del 2025 parecen poco, no siempre lo son en la mayoría de la población.
La endoscopía fue de terror: tenía comida vieja hasta el tercio medial del esófago, en estómago se encontraba una imagen sugestiva del gran parásito que aqueja millones de vidas, sin forma, friable, sangrante, palpitante y monstruoso. Se tomaron las biopsias. Adenocarcinoma gástrico con células en anillo de sello. Explique el mal pronóstico. No tenía invasiones por tomografía, parecía algo localizado. Sugerí la vía privada pero los dineros fueron el problema. Me retiré como tratante y ofrecí acompañamiento.
Es importante destacar que este adenocarcinoma gástrico con células en anillo de sello es infiltrante y agresivo con resistencia intrínseca a la quimioterapia.
El Seguro social los atendió en septiembre. Ya era Etapa 3B. Para cuando iniciaron las quimioterapias ya había invadido páncreas e hígado. Nada más que hacer. Los siguientes meses fueron duros principalmente porque la quimioterapia no dio síntomas al inicio y se creyó la oportunidad de tratamiento curativo. Al principio manejaba y hacía su vida normal. Además, había otro aspecto, no podía comer. Su ultimo vicio fue quitado de tajo. Se colocó una sonda de alimentación en el abdomen, no recuerdo el sitio anatómico. Su principal fuente de soporte para luchar contra el cáncer, se convirtió después en el martirio, pero eso será más adelante. Conforme las quimioterapias menguaron el cuerpo, la chispa inicial de vivir se apago.
Pronto tuvo dificultades para manejar y ya no pudo alternan sus estancias en la ciudad y en su casa a las afueras. La sonda desde el principio dio lata. Dolía, se tapaba. Un día hace 3 o 4 semanas se cayó. La sonda se movió y el contenido empezó a fugar. En el Seguro le dijeron que colocara un pañal y eso debería ser suficiente. Me llamaron a valoración. En realidad mi preocupación como geriatra era intentar saber la causa de la caída más allá de lo obvio. Desaturación, taquicardia y estertores derechos. Esa fue la justificación para que lo aceptaran en el hospital, aunque después, a cargo de los cirujanos negaron el cuadro de neumonía, era una bronquitis, nada más, dijeron. En realidad no importaba, igualmente dejaron tratamiento antibiótico. Hoy es su cuarta intervención para arreglar la sonda. Ha pasado casi un mes desde aquella ocasión, puede que un poco menos de tiempo. En ocasiones el tiempo tampoco tiene forma.
Esa última vez que lo vi, me dijo: -"gracias por alargarlo tanto tiempo.". El geriatra se enfrenta a la muerte muy seguido. Al final de la vida de una persona, es frecuente que los familiares confiesen que desde hace algún tiempo atrás los pacientes expresen su deseo de morir, lo aceptan y parece que son consientes de su final. Ese día viví cuando una persona cercana se despide. Yo también me despedí.
27 de abril de 2026.
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