Héctor era cantante. Era bajito y delgado, con mirada inocente. Cantaba en los camiones y, cuando lo hospitalizaron por una infección de vías urinarias, nos cantó a nosotros. Recuerdo a Carmen animándolo a cantar, recuerdo la voz de Carmen, mi compañera residente, pero no recuerdo la voz de Héctor ni su canción.
Se inició el protocolo, parecía cáncer de próstata. Protocolo de biopsia. Héctor el cantante se fue cantando. Regresó al poco tiempo y se hizo la biopsia. Se fue con sonda urinaria y con biopsia. Recuerdo lo que sucedió después, pero no recuerdo el resultado de la biopsia.
Héctor reingresó muy grave. Choque séptico por infección de vías urinarias. Claro, se había ido con sonda urinaria. Resulta que Héctor cantaba porque cantaba en los camiones para mantener a su hija, la que siempre lo acompañaba. Ella no trabajaba, tenía un retraso psicomotriz que le impedía trabajar; ella lo intentaba, pero siempre la corrían. Era más alta que Héctor, muy delgada, morena y de rostro siempre preocupado.
La historia de Héctor nos la contó el Maestro Domingo: Héctor tuvo una esposa y 2 hijos, un hombre y una mujer. Su esposa y su hijo padecían de alcoholismo y drogadicción, pronto los dejaron y Héctor crió a su hija. También resulta que Héctor dormía en el piso sucio, por eso se había ensuciado la sonda, por eso era el choque séptico. El Maestro Domingo nos contó la historia y el pendiente siempre fue: —Saquen una comida de su comedor para la hija, por favor. A veces lo olvidábamos, pero siempre corríamos a corregirlo, excepto un día. Vi la decepción y frustración del Maestro Domingo, la única vez que las vi en sus ojos amables.
Héctor se debilitó del cuerpo, pero la sepsis remitió. A los días presentó neumonía nosocomial y vuelta a empezar, se complicó y pronto dejó de mejorar. Todos los días, en la entrega de guardia, una médica de base siempre preguntaba al Maestro: —¿Por qué no lo envías a su casa a morir? Para ella, morir en su casa iba a ser mejor. Recuerdo que el Maestro un día contestó: —Porque no, se va a quedar aquí y eso no va a cambiar. La voz de la doctora iba a empezar con la letanía moralista del que nunca ha vivido la pobreza, pero el Maestro la interrumpió: —Su hija me pidió llorando que no lo enviara a su casa porque solo aquí le puede dar los 3 alimentos.
Nadie dijo nada y a su hija nunca le faltó comida del comedor de residentes. El Maestro Domingo nos contó toda la historia de la esposa de Héctor y su otro hijo, nos contó cómo Héctor trabajaba muy duro para que a ella no le faltaran sus tres alimentos y un lugar para dormir. Su hija estaba consciente de que ella nunca pudo ofrecerle eso a su padre y por eso no quería llevárselo a su casa. Eso nos rompió, a todos. No sé de los demás, pero sé que su historia la sigo contando 5 años después.
Héctor iba a morir, pero no moría. ¿Algo lo detenía aquí? Yo teoricé que no se iba por amor a su hija. ¿Quién la iba a cuidar? Eso ya no lo supimos. Héctor ya no hablaba, ya no comía y su hija insistía; para ella era casi una obsesión que su padre comiera. Ella no entendía que se iba a morir. Pasaron los días y yo ya no podía pasar visita, no podía ni entrar a la sala donde Héctor compartía habitación con otros pacientes. Pronto eso fue pasando con el resto del equipo, solo unos pocos pasaban visita.
Finalmente Héctor murió. La hija lloró, yo lloré. Héctor murió acompañado de la persona que más amó. Héctor murió acompañado, rodeado de amor. No supimos qué pasó con su hija. Prefiero no imaginarlo.
Héctor era médico. Era alto y pesaba como 100 kilos. Le decían el Caballo. Fue una leyenda, pionero de la terapia intensiva en el país. Fue jefe de servicio de medicina interna y urgencias al mismo tiempo. Dicen que pasaba visita a las 3 de la mañana para vigilar que sus residentes no durmieran. En esos tiempos los residentes hacían guardias AB. El jefe de servicio de la terapia intensiva cuando yo roté fue su alumno y en sus días libres iba a echar colado. Decían del Caballo que iba en smoking al hospital porque se salía de las fiestas para supervisar su terapia.
Cuentan que una vez sus residentes le jugaron una broma: cuando llegó a la visita nocturna, le presentaron a un paciente con apendicitis y le contaron el cuadro clínico. El Maestro Caballo vio la radiografía y dijo: —Este paciente tiene una apendicitis retrocecal con absceso de aproximadamente 35 cc. Llámenle a cirugía. Los residentes no se rieron: a ese paciente lo acababan de operar y lo que dijo el Maestro fue una descripción casi exacta del reporte posquirúrgico. Eso se decía del Caballo. Imaginen su carácter.
Yo lo conocí porque ingresó por un herpes diseminado. Su esposa se había caído y se había roto la cadera, ya la habían operado y estaba convaleciente; ella padecía demencia. Naturalmente, Héctor el Caballo estaba desesperado. Como fue el maestro de la terapia, estaba en una cama de su terapia; ahí lo conocí cuando yo estaba rotando. Como geriatra, me enviaron a platicar con él. Siempre me dirigí hacia él diciéndole Maestro. Le pregunté como pregunta un geriatra.
Después de un tiempo me confesó algo que hoy, 4 años después, hace que siga contando esta historia. Me dijo que estaba arrepentido de la vida que llevó, estaba arrepentido de cómo trató a sus residentes, pero él quería formar hombres y mujeres de bien. Pensé en el jefe de servicio actual, un gran hombre, y claramente formó hombres de bien. También me dijo que percibía el abandono de sus alumnos, solo el jefe de terapia lo trataba bien. Además, nadie había ido a verlo.
Él tuvo 2 hijos, pero hasta ese momento yo no los había conocido. Después de la confesión conocí al otro Caballo, ese de antaño. Regañaba a las enfermeras y a los residentes por no hacer las cosas como él quería, no solo en su cuidado, sino en el resto de los pacientes. Mandó llamar al jefe y lo regañó. Ya nadie del personal de terapia lo aguantaba. Naturalmente, lo egresaron a Geriatría cuando regresé al piso. Naturalmente, se complicó, hizo una neumonía nosocomial.
Recuerdo que era muy demandante y podríamos decir misógino. Yo siempre me dirigí hacia él como Maestro, más bien por respeto. Recuerdo que mis compañeras le nombraban por su nombre, decían que no merecía ningún mejor trato que el que reciben los demás; yo nunca lo entendí. Vi a sus hijos tal vez una o dos guardias. La mayoría de las veces, las noches las pasaba solo. La gloria pasada del Caballo se había acabado. Era un hombre con delirium, alternaba entre el llanto y la ira porque sus médicos no lo diagnosticaban y él tenía que autodiagnosticarse.
Debido a sus ocupaciones hospitalarias nunca estuvo para su familia, fue muy riguroso con sus hijos, como lo había sido con sus residentes, y por eso nadie estaba ahí. Se fue de alta y no pregunté por él. Ya no supe qué pasó con su esposa con demencia y fractura de cadera ni con un hombre convaleciente que no podría valerse por sí mismo. Prefiero no imaginarlo.
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